Cómo ven los terapeutas al cliente, determina la realidad que ellos construyen

Mi colega está trabajando con un joven de 20 años, a quien llamaremos Martín. Es el mayor de 4 hermanos cuyos padres son inmigrantes. Cuando tenía 10, su padre tuvo un infarto masivo y si bien fue revivido por los paramédicos, se quedó con una vida que no valía la pena ser vivida. Reside en un hogar de ancianos, no puede hablar, vestirse o alimentarse por sí solo. Su esposa lo visita rutinariamente con sus dos hijos mayores, a quienes él reconoce sólo esporádicamente. Financieramente, ya que España entrega pensiones generosas, la familia vive de la pensión del padre: alquilan un piso y tienen comida en la mesa, pero sin pretensiones.   


Martín había sido muy buen alumno, ganando varias becas y su futuro se proyectaba brillante hasta que, hace cuatro años, comenzó a sufrir de una ansiedad paralizante. Se manifestó alrededor de la comida: después de comer, su ritmo cardíaco incrementa significativamente por casi cuatro horas, después decrecerá milagrosamente. Por lo tanto, sólo come una vez al día porque el precio a pagar es muy alto. Además, a raíz de su ansiedad, no ha sido capaz de salir mucho y terminó la secundaria con profesores que se desplazaban a su casa. Hace un par de meses, un terapeuta del hogar de su padre, quien escuchó acerca de su condición, se reunió con él unas cuantas veces y pudo, a través de una desensibilización gradual, que Martín lograra salir al mundo. Fue luego derivado a un centro ambulatorio donde trabaja mi colega, Sara.


Sara ha estado trabajando conmigo por unos años; es inteligente y una buena terapeuta breve. Sus primeras palabras para mí esta mañana fueron: “No sé por qué estoy trabada en esta situación. Me temo que tengo que estar de acuerdo con mis colegas del Centro quienes ven las ideaciones de Martín como casi… bueno, raras. Se vuelve muy ansioso y se paraliza con todo lo que sea comer. También trata de ayudar a la madre con la crianza de su hermano menor – quien tiene ahora 10 – y entonces la reta. Por ejemplo, dice que a su hermano menor no se le debería permitir salir a jugar al parque. En vez de ser él quien voluntariamente lleve a su hermano al parque, se pondrá a la par que la madre y la gritará, diciéndole lo que tiene que hacer. Por suerte su madre es muy sabia y calma a Martín pero también permite que su hijo de 10 años vaya a jugar al parque con sus amigos”.

La forma en la que Sara estaba viendo a Martín limitaba su habilidad para intervenir en la situación. En cuanto se ‘compró’ la etiqueta de las acciones de Martín como raras, se ató las manos, en términos de dónde podía intervenir. 

Me pregunté en voz alta por qué las acciones de Martín no podían ser vistas como trastorno alimentario más tradicional. Me pareció que él estaba tratando de controlar cuánto comía, cuándo lo hacía y cómo procedía a partir de allí. Aclaré que, como muchos clientes con esa etiqueta, la necesidad de control sus alrededores era una regla aceptada – no siempre en todos los casos, por supuesto. Si Martín estaba intentando tener más control sobre su vida y Sara lo podía ver desde ese punto de vista, ¿qué podría ser diferente?, ¿cómo podía verlo a Martín de manera diferente?. Hubo una sonrisa inmediata en la cara de mi colega y dijo: “ Si puedo ver a Martín como una persona que está lidiando con encontrarse a sí mismo y tratando de controlar su medio ambiente, muchas de sus “acciones raras” calzarían en ese lugar. Si lo puedo ver bajo esa luz, puedo comenzar a hablarle acerca de cuán difícil ha sido su vida, siendo el mayor y probablemente siendo el único hijo que recuerda  a su padre como era, tratando de ayudar a su madre, quien sola y con cuatro niños, lo hace lo mejor que puede. Puedo cambiar mi percepción acerca de él, verlo desde una luz diferente y desde ahí ser capaz de hablarle de forma más productiva. También me permite tener una conversación diferente con su madre, una que nos podría llevar al cambio y a una interacción más útil desde Martín para sus alrededores”.

Como supervisora ya había hecho mi trabajo. Sara hará el resto.

Y tú, lector, ¿qué crees?

Por Karin Schlanger


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